Hace cuarenta y cinco años


Arte y denuncia

Cuando era niño, como todos los niños, imitaba a los mayores (eran mayores los que tenían de catorce para arriba) y con ellos me bañaba en el río, en un lugar secreto. Nos bañábamos desnudos y así andábamos entre los chopos; nos rebozábamos de arena y nos la quitábamos en el agua. Había una prueba legendaria e inequívoca para comprobar que habíamos estado en el río: pasar la uña por la piel: si quedaba grabada una raya blanca y tardaba en desaparecer, habías estado, y tu madre te podía dar una zurra; pero las madres no habían oído hablar de esta prueba. En el Tajo aprendí a nadar.

Pasados dos veranos, por nuestro lugar secreto aparecieron familias y con ellas llegó el bañador; pusieron un gango* donde se podía merendar siempre que se tomara una consumición, generalmente vino con gaseosa; cerveza los más pudientes. La gente empezó a ir de…

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